lunes, 24 de marzo de 2014

olé

Contaban los antiguos moros que al deleitar sus almas con la bella danza o la dulce música, creían ver en las dichas cosas la manifestación del mismísimo dios. Fue ese rastro el que dejaron en su paso por los ibéricos parajes, que pasaría a recoger el querido flamenco y que, con el paso de los años y los cuentos mal contados, se transformaría en el actual olé que el bailarín grita al fin de cada vuelta. Este vocablo no detendría su paso ni sus deformaciones; al llegar a nuestras tierras aquel antiguo olé se volvería muy largo y complejo de pronunciar por los flaites españoles que conquistaron y poblaron estas tierras. Pronto sería lé, más tarde tan sólo é. Es por eso que en cada fiesta, en nuestros momentos de profundo estupor por motivo del alcohol y otros muchos de similar histrionismo, quien eleva su voz con un clásico é-é-é, no hace sino invocar a dios.

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